Las primeras células madre descubiertas, y todavía las óptimas para muchas aplicaciones, requieren la destrucción de un embrión humano. Esta es la razón de la fuerte oposición ética y religiosa que han suscitado estas células durante los últimos 15 años, y también de que siga siendo ilegal obtenerlas en países como Estados Unidos, o al menos en sus institutos públicos. Científicos del Instituto Karolinska de Estocolmo han logrado un avance que barre de un plumazo todos esos problemas: utilizan una sola célula de las ocho de un embrión temprano para derivar los cultivos de células madre; y el embrión no se destruye, porque las otras siete células bastan para que sea viable, e incluso (en teoría) para que fuera implantado en una mujer si así se deseara.
La técnica es simple y eficaz, y devuelve las células madre embrionarias al primer plano de la investigación biomédica, tras cinco años en que su principal alternativa —las células madre iPS, que se obtienen retrasando el reloj de simples células de la piel— parecían tomar la delantera. Los científicos suecos proponen hacer bancos de células madre embrionarias para cubrir las futuras necesidades de compatibilidad inmunológica con los pacientes. El método se publicó este lunes en Nature Communications.
La idea de utilizar una de las células de un embrión de ocho no es enteramente nueva. Robert Lanza, uno de los líderes mundiales de la clonación humana, ya la planteó en 2006, y hubo otros intentos posteriores, pero ninguno de ellos tuvo continuidad. Lo que han logrado los investigadores de Estocolmo es una serie de avances metodológicos que han convertido esa idea en una técnica no solo viable, sino también altamente eficaz. El avance se basa en la utilización de dos moléculas (laminina y cadherina) que normalmente tienen un papel esencial en la adherencia de las células a sus sustratos fisiológicos. Aquí se aprovechan esas propiedades para afianzarlas al medio de cultivo en el laboratorio.
Las células madre embrionarias se vienen obteniendo de embriones sobrantes de los tratamientos de fecundación in vitro, que en algunos países, entre ellos España, pueden ser donados por los padres para objetivos de investigación. Los embriones, en la fase de blastocisto (de unas dos semanas de desarrollo y antes de su implantación en un útero), resultan destruidos en el proceso de extracción de las células. Los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) norteamericanos, que son la mayor maquinaria de investigación biomédica del mundo, tienen vetados los fondos públicos para esas tecnologías, aunque pueden usar líneas celulares ya establecidas en ciertas condiciones.
Kart Tryggvason y sus colegas del Instituto Karolinska de Estocolmo y la Facultad de Medicina Duke-NUS de Singapur se han inspirado en un método que lleva unos años en uso para un propósito completamente distinto: el diagnóstico preimplantacional. Cuando una pareja es portadora de enfermedades hereditarias, los científicos dejan a varios embriones desarrollarse hasta que tienen ocho células, extraen una para el análisis genético y, si está libre de taras hereditarias, utilizan el embrión correspondiente (esto es, las siete células restantes) para implantarlo en la mujer. En el nuevo método sueco, la célula extraída se usa para establecer una línea de células madre embrionarias, y las otras siete hacen lo mismo que antes: regenerar el embrión completo y viable.
Los resultados suponen un estímulo a las células madre embrionarias frente a sus principales competidoras, las células iPS, que fueron desarrolladas en la década pasada como una alternativa “ética” a la destrucción de embriones y hace dos años le valieron el premio Nobel a su inventor, el japonés Shinya Yamanaka.
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